La Enciclopedia.

La Enciclopedia.

¿Sabes qué es esa foto? Una enciclopedia. La enciclopedia de un hombre que amaba al conocimiento más que a cualquier otra cosa en este mundo. Mi abuelo. Un ingeniero arquitecto, guapísimo, ojos verdes, todo eso en los años sesenta… ¡Partidazo!, dirías. Robó el corazón a la artista de mi abuela durante un viaje en tren.

Lo sabía todo, hasta la moneda de Kiribati. Aparecía en el salón para hacerte una especie de examen, por ejemplo, de la historia de los regímenes políticos de todos los países de África, así, sin anestesia, un domingo por la mañana. Siempre ganaba. Vivía para ganar la competición. Aunque nunca llegué a entender con quién competía. La abuela no estaba al nivel de competir porque ‘solamente’ pintaba cuadros.  Siempre apuntaba algo en su desgastado cuaderno, siempre repasaba las notas, siempre estaba tenso para que no se le olvidase nada, siempre ahorraba dinero. Nunca le veía satisfecho, ni feliz. Miento, era feliz cuando nos enseñaba cómo crecían sus tomates y sus ciruelas (curiosamente, lo sencillo). Sabía tanto que no sabía decir te quiero. Sabía tanto que no sabía abrazar. Sabía tanto que podía comerse el mundo, sin embargo, fue el mundo el que se lo comió a él.

Se fue hace unos meses dejando una triste reflexión que nadie se atreve decir en voz alta, que se fue un pobre hombre. Y que no pasó nada. La enciclopedia acabó en la basura.

 Hoy me desperté pensando en ti, abuelo. Ya sé que competías contigo mismo, con tus sueños rotos de ser “algo más de lo que eras”. Quiero que sepas que eras lo suficiente. Y sé que nos querías. Y sé por la abuela que estabas muy orgulloso de mi trayectoria, de que estudié en el extranjero y me fue bien (a pesar de no conocer todas las divisas del mundo), aunque cuando me veías se te atragantaban las palabras. Y yo sí aprendí contigo, abuelo. Aprendí que no somos nuestra carrera universitaria, no somos lo que sabemos, ni lo guapos que somos, ni lo que tenemos. Somos lo que hacemos sentir a otros. Y mientras estos sentimientos y recuerdos de otros estén vivos, estamos vivos nosotros. Ni un día más. Y, afortunadamente, ni un día menos.

Espero que allá donde estés, ya estés más tranquilo, aun sabiendo que no te dio tiempo a aprenderlo todo.
Porque no pasa nada.

Grus.

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